Mi madre parece una niña, pensé. Se ha vuelto caprichosa y hasta un poquito vanidosa, espera regalitos cada vez que la visito y se ofende si no le presto suficiente atención.
Mi madre ahora enferma más frecuentemente y necesita que la cuiden, ya no se toma los medicamentos si nadie la persigue y no va al médico, y no sé si es por miedo o por resignación. Se vino a poner descuidada después de vieja, pensé.
Que descaro de mi parte al no contar las noches de desvelo patrocinadas por mis llantos, los ataques de ansiedad que le propiné cuando no supo de mí a la hora acordada, los múltiples cuidados y cariños que recibí. No se pierde esa necesidad del todo, no. Siempre hace falta alguien que vele por ti.
Si la vejez es la segunda infancia, me aseguraré de darle una infancia tan feliz como la que ella me dio a mí.
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