Nunca pensé que viviría tanto tiempo lejos de mi familia. Suficiente tiempo lejos para notar nuevas canas hacerse camino sobre las cabezas de mis padres, suficiente tiempo lejos para perder a mi abuela sin poder decir un último adiós.
Mientras más tiempo paso en este otro mundo, más le pertenezco. Cada vez soy un poquito menos de allá y un poquito más de acá. O al menos así se siente.